NUNCA CERRASTE LOS OJOS
Matilde Jaén Serrano
Capítulo 1: El bicho y las cicatrices invisibles
A veces el mal no llega con un estruendo, sino que se va filtrando por las grietas de la normalidad, como una humedad que termina pudriendo los cimientos de una casa. Al principio, nadie te enseña a reconocer al "bicho". No lleva cuernos ni garras; a veces lleva la cara de quien juró protegerte, pero por dentro solo hay sombra.
En aquellos días, la casa empezó a sentirse pequeña, pesada. El miedo no era algo que se gritara, era algo que se respiraba en cada rincón, en cada silencio prolongado. Esas son las cicatrices invisibles, las que no sangran por fuera pero te van marcando el alma mucho antes del primer golpe. Pero en medio de esa oscuridad que empezaba a crecer, había una luz que lo iluminaba todo con una fuerza sobrenatural: mi hija, Susana.
Tú, hija mía, fuiste mi escudo antes incluso de que yo supiera que necesitaba uno. Recuerdo esos momentos en los que el aire faltaba y tú te acercabas, con esa inocencia que solo tienen los niños que aman sin condiciones, y me decías esa frase que se quedó grabada a fuego en mi alma, dándome un sentido cuando todo lo demás carecía de él:
"Mamá, tú eres la que me libra de todo el mal".
Esas palabras eran de cristal: hermosas pero frágiles. Tú creías que yo era la fuerte, la heroína que te protegía de los peligros del mundo, pero la realidad era que tú, con tu pequeña mano en la mía, me estabas salvando a mí. Cada vez que el "bicho" daba un
| Número de páginas | 2 |
| Edición | 0 (2206) |
| Idioma | Español |
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